HOMILÍA DEL DÍA, Martes 21 de Julio- Por Fr. Isauro Covili

Por Fr. Isauro Covili

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Todos tenemos y pertenecemos a una familia, que por lo general goza de buena valoración en el concurso social del país y del mundo. Más aún en este tiempo de pandemia el espacio familiar, hogareño a posibilitado un compartir más estrecho, de mucha memoria familiar, de la importancia de los vínculos. Aunque también a decir verdad para otros ha sido un drama y para no pocos, ha quedado al descubierto una salud psicológica dañada y trabajo humano personal para hacerse cargo.

Jesús también vivió en el ceno de una familia, la de Nazaret: Formada por María y José en su realidad más estrecha y su pueblo en sentido más amplio. El Evangelio de hoy nos presente un pasaje que no siempre es fácil de comprender, ya que una primera lectura se puede pensar que Jesús rechaza a su familia, pero no es así.

La familia de Jesús. Los parientes llegan a la casa donde se encuentra Jesús. Probablemente venían de Nazaret. De allí hasta Cafarnaún hay unos 40 km. Su madre estaba con él. No entran, pero envían un recado: Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte. La reacción de Jesús es firme: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Para entender bien el significado de esta respuesta conviene mirar la situación de la familia en el tiempo de Jesús.

En Galilea, en el tiempo de Jesús, a causa del sistema implantado durante los largos gobiernos de Herodes Magno (37 aC a 4 aC) y de su hijo Herodes Antipas (4 aC a 39 dC), el clan (la comunidad) se estaba debilitando. Había que pagar impuestos tanto al gobierno como al Templo, por ejemplo, quienes dedicaban su herencia al Templo, podían dejar a sus padres sin ayuda.(Mc 7,8-13). Además de esto, la observancia de las normas de pureza era factor de marginalización para mucha gente: mujeres, niños, samaritanos, extranjeros, leprosos, endemoniados, publicanos, enfermos, mutilados, paralíticos.

La preocupación por los problemas de la propia familia impedía que las personas se unieran en comunidad. Ahora, para que el Reino de Dios pudiera manifestarse en la convivencia comunitaria de la gente, las personas tenían que superar los límites estrechos de la pequeña familia y abrirse, nuevamente, para la gran familia, para la Comunidad. Jesús nos da el ejemplo. Cuando su familia trató de apoderarse de él, reaccionó y alargó la familia: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Formó comunidad.

Jesús pedía lo mismo a todos los que querían seguirlo. Las familias no podían encerrarse en sí mismas. Los excluidos y los marginados debían ser acogidos dentro de la convivencia y, así, sentirse acogidos por Dios (cf. Lc 14,12-14). Este era el camino para alcanzar el objetivo de la Ley que decía: "No debe de haber pobres en medio de ti" (Dt 15,4). Como los grandes profetas del pasado, Jesús procura reforzar la vida comunitaria en las aldeas de Galilea. El retoma el sentido profundo del clan, de la familia, de la comunidad, como expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor hacia el prójimo.

La palabra hermano en el hebreo designaba también a los parientes próximos, tíos, sobrinos, primos... como también a personas de la misma raza o comunidad. Todos los israelitas eran hermanos, así como lo somos todos los cristianos. En torno a Jesús nace una familia nueva, unida por lazos de fe. El discípulo auténtico es el que obedece o hace en el ámbito de la fe. María, la madre de Jesús, primera discípula, hizo el camino de la fe y seguimiento de Jesús que todo creyente está invitado a emprender y ampliar los vínculos familiares.

Finalizo estas palabras invitándoles a conocer el siguiente pensamiento de san Francisco de asís:

"Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, pero el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio..." (Testamento, 14).

"Y, dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, muéstrense familiares mutuamente entre sí. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual? Y, si alguno de ellos cayera en enfermedad, los otros hermanos le deben servir, como querrían ellos ser servidos". (2R,7-9)

Fraternalmente, Fr. Isauro Covili.

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